miércoles, 6 de febrero de 2013

[Capitulo 3] El inicio de las batallas.

Capitulo 3
El inicio de las batallas. 

Por: Dr Contex


Garkha esperaba ansioso en los camerinos. Soltaba y amarraba sin parar las bandas de sus muñecas, aquellas que se ponía para poder tensionar sus músculos y asentar mejores movimientos. A su alrededor, multitud de maestros esperaban y preparaban los últimos detalles antes de salir a la arena de combate. Maestros fuego, maestros tierra y maestros agua, todos juntos listos para batallar sin cuartel y de la manera más deportiva.  

–¡Preparados, en diez minutos todos a la arena! –Gritó uno de los organizadores del evento que acababa de entrar al camerino donde se encontraba Garkha.

Por última vez, Garkha aflojó sus vendas y las empezó a amarrar a sus muñecas fuertemente.  En cuanto acabo aquello, empezó a pasarse las manos por la rastas que recogían su largo cabello; las traía tomadas con una liga formando una extraña cola de caballo. Hubiese querido soltarlas para organizarlas de nuevo, pero no se lo podía permitir. Los nervios lo agobiaban.

En ese momento, las puertas del camerino se abrieron fuertemente dejando entrar a un joven de cabello azul y atlético cuerpo. Tras él, entraba un anciano de larga barba y vestido con un largo abrigo azul.

–Olvídelo, peleare como se me antoje –Dijo despectivamente el joven al sin voltear a ver al anciano–. Vengo por mi cuenta, además usted no es mi maestro; no tiene por qué darme ordenes.

–Moro, el hecho de que seas el único participante de la Ciudad de los Mares del Norte y que el Maestro Oruro no haya podido asistir no significa que puedas hacer lo que te plazca –Intentó aclarar el anciano al joven.

–No me pondré ese ridículo uniforme.

–Moro, sin el uniforme de las Tribu Agua no se te permitirá entrar a la arena. Y, si lo haces por la fuerza, se te descalificara.

            El anciano hombre señaló una de las taquillas de vestuario de las paredes del camerino.

            –Esa taquilla es tuya, ahí está tu uniforme.  Se sensato.

El anciano hombre se marchó del camerino sin dar oportunidad a Moro de poder agregar nada más.

            –¡Viejo imbécil! –Dijo para sí Moro.

            –Respeta al Maestro Hatma, no eres nadie para tratarlo así–Dijo Garkha desde la banca en que se encontraba sentado.

Moro ojeó despectivamente al joven que le había hablado.

            – ¿Y quien demonios eres tú?

            –Sabes, nos habían hablado del chico prodigio de la Ciudad de los Mares del Norte. De hecho, lo habían hecho muy bien–Dijo Garkha amablemente–;  pero ahora demuestras que a pesar de tus habilidades no tienes el nivel para esta competencia. Este torneo es sólo para expertos maestros, y ser un maestro incluye mucho más que habilidades. Actúas como todo un chiquillo.

            – ¿Y a ti quien te pregunto? –Reclamó inmediatamente Moro–, digas lo que digas no pienso usar ese uniforme.

            –Es un traje de batalla. Trae espacios especializados para poder almacenar agua, además de que su material te protegerá de golpes brutales que puedan darte rocas o quemaduras graves a causa del fuego de otros Maestros. –Quiso aclarar Garkha al joven– Te dará más ayudas que problemas.

            Moro guardó silencio un instante. Luego bufó.

            – ¿Necesitan todo eso? Si les produce miedo una batalla no veo cómo se hacen llamar maestros.

            A Garkha le caracterizaba una paciencia eterna. A pesar del tono inquisidor de Moro, él no se inmuto.

            –Esta no es una guerra; no tiene por qué haber heridos. Todo…

            –Déjalo, Garkha, no pierdas tu tiempo con el pequeño–Dijo fanfarroneando un regordete Maestro Fuego desde el otro lado del cuarto– Si no va a la arena será un estorbo menos.
Risas contenidas corrieron en el camerino.


            –¡Cinco minutos para salir a la arena, todos listos! –Gritó uno de los organizadores que entró y se puso al lado de la salida.


Todos divisaron la puerta del camerino; en pocos minutos iniciarían los combates. Moro quedo desplazado como centro de atención, nadie, salvo Garkha, seguía pendiente de él.


            –A todas estas, me llamo Garkha y soy de la Tribu Agua del Polo Norte –Dijo Garkha poniéndose frente a Moro y extendiéndole su mano.


            –Y yo me llamo Moro –Respondió secamente el joven.

            –Un gusto Moro –Agregó Garkha con amabilidad– Mira las cosas están así: o vas, te pones el uniforme y llenas sus compartimentos con agua, o te descalifican por no asistir a tu primera pelea.


            –¡Tres minutos! Pasen a la antesala.


Los maestros, distinguidos por sus uniformes de distintos colores dependiendo de su tipo de control, comenzaron a salir del cuarto. La marcha era lenta, aunque la mayoría se consumía en ansias de lucha. Garkha sonrió a Moro y se marchó del lugar dejando al joven de cabello azul solo.


En cuanto Garkha llegó a la antesala en donde debían esperar los minutos faltantes para entrar a la arena, suspiró hondamente, estiró los brazos y susurró para sí: <<Khai, todo esto es por ti>>


Una última explosión pirotécnica se oyó.



–¡TODOS AFUERA!


La multitud recibió a los maestros con aplausos frenéticos. Las luces de los reflectores les iluminaban y les impedían ver a sus espectadores. La arena de batalla, con su mecanismo moderno, se convirtió en un laberinto de enormes salas; inmensas murallas de roca salieron por doquier, surcos de agua corrieron por gran parte del suelo, varillas de metal estorbaban el paso y gigantescos bloques de madera fueron ubicados como un elemento neutro para la batalla. Garkha no pudo ver a su amada,  mas ella no lo perdía de vista mientras sujetaba su angustiado corazón en la mano.


– ¡La primera ronda de todos contra todos inicia! –Anunció una voz off por los parlantes del coliseo–  ¡En honor al espíritu del avatar y en honor a las cuatro naciones que el torneo inicie!


Una delicada melodía sonó como preludio. Garkha masajeó entre sí sus dedos, mientras miraba despreocupadamente a quienes le rodeaban; necesitaba escoger a alguien en especial para atacarle en cuanto se diera luz verde. Sintió que alguien se acercó demasiado a él. Se giró a ver y encontró, tras de él, a Moro llevando puesto el uniforme de las Tribus Agua; las hombreras y lo holgado que era el traje en algunas partes le daban una apariencia más robusta al joven, aunque, por las prisas, lo llevaba un tanto mal acomodado.  


–¡Vaya, te ves bien!

–Cállate –Dijo Moro secamente– ¿Tienes compañero de lucha? No necesito uno, pero trae ventajas.

Garkha miró un segundo a  Moro.

–No me digas, ¿no conoces las reglas?

Moro bufó, le daba igual; su maestro, el Maestro Oruro se las intentó hacer conocer, pero él lo ignoró; aunque el anciano hombre fuera inmensamente sabio, en su cuerpo, luego de una vida de experiencias, no quedaban energías para dedicarlas a controlar a un aprendiz como Moro; tan sólo se esmeraba en enseñarle lo que el joven quisiera aprender.


– ¡Qué hare! –Exclamó Garkha–, a ver, lo más importante: sólo puedes combatir contra un guerrero; la primera persona que ataques o te ataque será tu contrincante hasta que termine la batalla. No puedes ayudar a nadie, ni atacar a quien que ya tenga contrincante. Está prohibido causar daños permanentes en los ojos, y no cortes a nadie con hielo.


–¡Y dónde dejan el “todos contra todos”! Eufemismos…


El preludio terminó; la melodía que sonaba se acalló de repente y la tensión ocupó cada centímetro de la arena de batalla. Un disparo retumbó en todo el estadio.


Garkha corrió hacia uno de los bloques de madera para salva guardar su espalda y poder escoger un contrincante, o esperar que este le atacase; cada segundo sin tener un oponente fijo le obligaba a tener que estar atento de todos quienes le rodearan. Se empezaron a oír choques entre tierra control y fuego control, también el crujir del hielo ocasionalmente aliviaba a Garkha: ninguna nación se atacaba entre sí, o al menos no en la primera ronda.

De repente, una barra de metal, desprendida desde el suelo, fue lanzada hacia Garkha. Él la vio venir y rápidamente, con el agua de uno de los compartimentos de su traje, la congeló en el aire y la lanzó tan lejos como le fue posible. Perdió esa cantidad de agua, pero se deshizo del peligro objeto. Un maestro fuego se puso frente a él, sin duda el responsable del primer ataque; éste miró a Garkha con atención, apretó sus puños y, dando un golpe en el aire, de su puño hizo salir toda una llamarada dirigida completamente hacia el maestro agua. Garkha rodó por el suelo esquivando el ataque, se puso de pie y lanzó agua de su traje hacia su contrincante. Lo golpeó. El maestro fuego se levantó del suelo dando un saltó, e, inmediatamente, corrió hacia Garkha asestando golpes de fuego contra él. Garkha evitó los golpes con agiles movimientos, dio un salto sobre una de las murallas de roca e hizo salir agua de uno de los surcos subterráneos de la arena, dispuestos para los maestros agua. Con una gran cantidad de agua creó un grueso disco de hielo, el cual usaría contra su oponente en cuanto éste fuese en su búsqueda. El maestro fuego cayó envuelto en llamas hasta el lugar donde estaba Garkha, pero no lo vio. El maestro agua quebró el disco de hielo en dos mitades y, lanzando una contra el cuerpo de su oponente, lo tiró al suelo; seguidamente, le lanzó algo de agua buscando distraerle y, en cuanto el maestro fuego se levantó del suelo, Garkha le lanzó la otra mitad del disco con tanta fuerza como su agua control se lo permitió. El maestro fuego cayó al suelo por segunda vez; los golpes de Garkha eran proyectiles sin clemencia sobre su pecho.

Un maestro tierra cayó inconsciente al lado de Garkha. Las batallas libradas en toda la arena eran atroces; los maestros fuego utilizaban un ritmo de batalla agobiante para sus contrincantes, los maestros tierra tomaban ventaja de la fuerza de sus golpes  y los maestros agua, mayormente, atacaban con hielo: congelando a sus oponentes o acertando golpes fulminantes a sus oponentes.

El contrincante de Garkha dando un ágil salto se puso de pie.   Estaba dispuesto a pelear hasta desfallecer. Garkha hizo surgir de la arena una enorme cantidad de agua, con la que rodeo sus brazos y esperó que le atacaran. El maestro fuego, con la fuerza de sus dos brazos, lanzó una enorme ola de fuego que cubrió completamente a Garkha, y, sin que el fuego se disipara, lanzó bolas de fuego hacia donde se suponía que se encontraba Garkha. Pero, para desfortuna de su oponente, el maestro agua se había protegido con una capa de hielo  que mantenía intacta a pesar de todo el calor soportado; con un movimiento de muñecas, Garkha, quebró enteramente el hielo y lo lanzó todo contra su oponente. Se libró del ataque mientras el maestro fuego se protegía del inesperado ataque. Ambos guerreros se miraron fijamente. Garkha hizo girar chorros de agua alrededor de su cuerpo y se preparó para atacar de nuevo. Pero, inesperadamente, su agua control le abandono. El agua cayó al suelo y desapareció en la arena. El rostro del maestro agua se llenó de horror, levantó sus muñecas queriendo hacer regresar el agua pero fue inútil; el agua de su traje tampoco reaccionó. Le sucedía de nuevo. El maestro fuego, sin entender la estrategia de Garkha, le atacó con un golpe de fuego; Garkha quiso esquivarlo pero estaba demasiado cerca de su atacante y sin la ayuda del agua control era una presa fácil; fue arrojado contra una de las murallas de roca. El maestro fuego atacó de nuevo, Garkha evitó un par de ataques saltando de un lado a otro, pero fue impactado de nuevo por otro ataque aun más poderoso. El maestro agua quedo tirado en el suelo, giró sus piernas en el aire y se levantó; intentó de nuevo usar el agua de su traje, sin embargo no había forma en la que el agua le obedeciese; decidió evitar a su adversario entre los obstáculos del campo de batalla, pero cuando brincó por encima de un bloque de madera, escuchando rasgar el aire, un hilo de energía blanca le alcanzo haciendo explotar todo el bloque de madera y lanzándolo a él contra el limite de la arena. El maestro fuego conocía la combustión control, y esta, para desgracias de Garkha, estaba permitida en el torneo pues pocos maestros sabían utilizarla.

Khai, desde su asiento y como espectadora, vio con horror como el amor de su vida era despedido por los aires y como, luego de caer en el suelo, era alcanzado por otro ataque explosivo que terminó dejándolo inconsciente. Sintió morir. Rápidamente corrió por entre los asientos queriendo ir a donde quiera que hubiesen llevado a Garkha. Luego de algunos minutos y con la ayuda del Maestro Agua Hatma, aquel que había sido tutor de Garkha y de ella misma, pudo llegar hasta la enfermería donde estaba siendo atendido el recién derrotado.

–Oh Dios santo, dime que estas bien, Garkha.

Él no contestó. Le tenían en una camilla, desnudo de la cintura hacia arriba. Los brazos y el cuero los tenía cubiertos de polvo, mientras que su cara acaba de ser limpiada completamente. El enfermero que lo atendía quiso limpiarle los brazos y parte del pecho acercándole algodón impregnado de alcohol, pero él, a la llegada de Khai, lo rechazó rotundamente. Una mirada bastó para que el enfermero dejara de insistir; tenia algunas quemaduras, el cuerpo lleno de golpes, pero nada a simple vista de que preocuparse. El Maestro Hatma hizo que le pidió al enfermero que se retirara junto con él; ambos jóvenes necesitaban estar solos.
–Garkha, mi amor, ¿estás bien? –Preguntó ella intentando contener el llanto.

El la miró un momento y giró el rostro contra la pared.

–No sé que paso, Garkha, pero no importa.

No recibió respuesta. Sin quererlo, Khai miró a un lado de la camilla y se encontró con la mitad del uniforme del joven; estaba hecho pedazos.

–Oh, Garkha por lo que más quieras dime si estás bien.

Él la miro de nuevo. Traía su cabello blanco desordenado, su piel blanquísima le pareció perfecta y en sus ojos, esos zafiros en los que se perdía, vio reflejada su vergüenza; le ocultó el rostro de nuevo.

–Garkha…

–No sé lo que me pasa Khai, no lo controlo –Empezó a decir él con la voz quebrada–, simplemente se va. Nunca lograre nada con esto y lo que me mata es que he dedicado mi vida  a ser un Maestro Agua, pero nunca lo lograre completamente. Nos he jodido a los dos.

–Amor yo no…

–Khai, por favor–La interrumpió él–, no nos engañemos; si sigo con esto acabare jodiéndolo todo, a mí, a ti, a lo nuestro.  Lo mejor es abandonar este imposible. Volveré a la traducción, al menos en eso no fallo.

Ella tomó una de las manos del joven entre las suyas.

–No digas eso, buscaremos una solución.

–No la hay, Khai, no la hay. Sabes que lo hemos intentando, y mucho–Volvió a verla, su rostro estaba lavado en lagrimas– Lo siento, Khai, lo siento tanto. Te prometo que trabajare duro hasta que podamos hasta que sea digno de ti y podamos casarnos.

Él acercó la mano de ella a sus labios y la besó cerrando fuertemente los ojos.  

–No quiero que renuncies a nada, Garkha, a mí no me importa nada.

Khai abrazó a Garkha y ambos se quedaron así, llenos de lágrimas, sobre la camilla hasta que sintieron que sus almas estaban más juntas que nunca; las penas como el amor los unía, no había realidad posible en la que ambos no estuviesen juntos.