El inicio de las batallas.
Por: Dr Contex.
Garkha esperaba ansioso en los camerinos.
Soltaba y amarraba sin parar las bandas de sus muñecas, aquellas que se ponía
para poder tensionar sus músculos y asentar mejores movimientos. A su
alrededor, multitud de maestros esperaban y preparaban los últimos detalles
antes de salir a la arena de combate. Maestros fuego, maestros tierra y
maestros agua, todos juntos listos para batallar sin cuartel y de la manera más
deportiva.
–¡Preparados, en diez minutos todos a la
arena! –Gritó uno de los organizadores del evento que acababa de entrar al
camerino donde se encontraba Garkha.
Por última vez, Garkha aflojó sus vendas y las
empezó a amarrar a sus muñecas fuertemente. En cuanto acabo aquello, empezó a pasarse las
manos por la rastas que recogían su largo cabello; las traía tomadas con una
liga formando una extraña cola de caballo. Hubiese querido soltarlas para
organizarlas de nuevo, pero no se lo podía permitir. Los nervios lo agobiaban.
En ese momento, las puertas del camerino se
abrieron fuertemente dejando entrar a un joven de cabello azul y atlético
cuerpo. Tras él, entraba un anciano de larga barba y vestido con un largo
abrigo azul.
–Olvídelo, peleare como se me antoje –Dijo
despectivamente el joven al sin voltear a ver al anciano–. Vengo por mi cuenta,
además usted no es mi maestro; no tiene por qué darme ordenes.
–Moro, el hecho de que seas el único participante
de la Ciudad de los Mares del Norte y que el Maestro Oruro no haya podido
asistir no significa que puedas hacer lo que te plazca –Intentó aclarar el
anciano al joven.
–No me pondré ese ridículo uniforme.
–Moro, sin el uniforme de las Tribu Agua no se
te permitirá entrar a la arena. Y, si lo haces por la fuerza, se te
descalificara.
El anciano hombre señaló una de las
taquillas de vestuario de las paredes del camerino.
–Esa taquilla es tuya, ahí está tu
uniforme. Se sensato.
El
anciano hombre se marchó del camerino sin dar oportunidad a Moro de poder
agregar nada más.
–¡Viejo imbécil! –Dijo para sí Moro.
–Respeta al Maestro Hatma, no eres
nadie para tratarlo así–Dijo Garkha desde la banca en que se encontraba
sentado.
Moro
ojeó despectivamente al joven que le había hablado.
– ¿Y quien demonios eres tú?
–Sabes, nos habían hablado del chico
prodigio de la Ciudad de los Mares del Norte. De hecho, lo habían hecho muy
bien–Dijo Garkha amablemente–; pero
ahora demuestras que a pesar de tus habilidades no tienes el nivel para esta
competencia. Este torneo es sólo para expertos maestros, y ser un maestro
incluye mucho más que habilidades. Actúas como todo un chiquillo.
– ¿Y a ti quien te pregunto? –Reclamó
inmediatamente Moro–, digas lo que digas no pienso usar ese uniforme.
–Es un traje de batalla. Trae
espacios especializados para poder almacenar agua, además de que su material te
protegerá de golpes brutales que puedan darte rocas o quemaduras graves a causa
del fuego de otros Maestros. –Quiso aclarar Garkha al joven– Te dará más ayudas
que problemas.
Moro guardó silencio un instante.
Luego bufó.
– ¿Necesitan todo eso? Si les
produce miedo una batalla no veo cómo se hacen llamar maestros.
A Garkha le caracterizaba una
paciencia eterna. A pesar del tono inquisidor de Moro, él no se inmuto.
–Esta no es una guerra; no tiene por
qué haber heridos. Todo…
–Déjalo, Garkha, no pierdas tu
tiempo con el pequeño–Dijo fanfarroneando un regordete Maestro Fuego desde el
otro lado del cuarto– Si no va a la arena será un estorbo menos.
Risas
contenidas corrieron en el camerino.
–¡Cinco minutos para salir a la
arena, todos listos! –Gritó uno de los organizadores que entró y se puso al
lado de la salida.
Todos
divisaron la puerta del camerino; en pocos minutos iniciarían los combates.
Moro quedo desplazado como centro de atención, nadie, salvo Garkha, seguía
pendiente de él.
–A todas estas, me llamo Garkha y
soy de la Tribu Agua del Polo Norte –Dijo Garkha poniéndose frente a Moro y
extendiéndole su mano.
–Y yo me llamo Moro –Respondió
secamente el joven.
–Un gusto Moro –Agregó Garkha con
amabilidad– Mira las cosas están así: o vas, te pones el uniforme y llenas sus
compartimentos con agua, o te descalifican por no asistir a tu primera pelea.
–¡Tres minutos! Pasen a la antesala.
Los
maestros, distinguidos por sus uniformes de distintos colores dependiendo de su
tipo de control, comenzaron a salir del cuarto. La marcha era lenta, aunque la
mayoría se consumía en ansias de lucha. Garkha sonrió a Moro y se marchó del
lugar dejando al joven de cabello azul solo.
En
cuanto Garkha llegó a la antesala en donde debían esperar los minutos faltantes
para entrar a la arena, suspiró hondamente, estiró los brazos y susurró para
sí: <<Khai, todo esto es por ti>>
Una última explosión pirotécnica se oyó.
–¡TODOS AFUERA!
La multitud recibió a los maestros con
aplausos frenéticos. Las luces de los reflectores les iluminaban y les impedían
ver a sus espectadores. La arena de batalla, con su mecanismo moderno, se
convirtió en un laberinto de enormes salas; inmensas murallas de roca salieron
por doquier, surcos de agua corrieron por gran parte del suelo, varillas de
metal estorbaban el paso y gigantescos bloques de madera fueron ubicados como
un elemento neutro para la batalla. Garkha no pudo ver a su amada, mas ella no lo perdía de vista mientras
sujetaba su angustiado corazón en la mano.
– ¡La primera ronda de todos contra todos
inicia! –Anunció una voz off por los parlantes del coliseo– ¡En honor al espíritu del avatar y en honor a
las cuatro naciones que el torneo inicie!
Una delicada melodía sonó como preludio.
Garkha masajeó entre sí sus dedos, mientras miraba despreocupadamente a quienes
le rodeaban; necesitaba escoger a alguien en especial para atacarle en cuanto
se diera luz verde. Sintió que alguien se acercó demasiado a él. Se giró a ver
y encontró, tras de él, a Moro llevando puesto el uniforme de las Tribus Agua;
las hombreras y lo holgado que era el traje en algunas partes le daban una
apariencia más robusta al joven, aunque, por las prisas, lo llevaba un tanto
mal acomodado.
–¡Vaya, te ves bien!
–Cállate –Dijo Moro secamente– ¿Tienes
compañero de lucha? No necesito uno, pero trae ventajas.
Garkha miró un segundo a Moro.
–No me digas, ¿no conoces las reglas?
Moro bufó, le daba igual; su maestro,
el Maestro Oruro
se las intentó hacer conocer, pero él lo ignoró; aunque el anciano hombre fuera
inmensamente sabio, en su cuerpo, luego de una vida de experiencias, no
quedaban energías para dedicarlas a controlar a un aprendiz como Moro; tan sólo
se esmeraba en enseñarle lo que el joven quisiera aprender.
– ¡Qué hare! –Exclamó Garkha–, a ver, lo más
importante: sólo puedes combatir contra un guerrero; la primera persona que
ataques o te ataque será tu contrincante hasta que termine la batalla. No
puedes ayudar a nadie, ni atacar a quien que ya tenga contrincante. Está
prohibido causar daños permanentes en los ojos, y no cortes a nadie con hielo.
–¡Y dónde dejan el “todos contra todos”! Eufemismos…
El preludio terminó; la melodía que sonaba se
acalló de repente y la tensión ocupó cada centímetro de la arena de batalla. Un
disparo retumbó en todo el estadio.
Garkha corrió hacia uno de los bloques de
madera para salva guardar su espalda y poder escoger un contrincante, o esperar
que este le atacase; cada segundo sin tener un oponente fijo le obligaba a
tener que estar atento de todos quienes le rodearan. Se empezaron a oír choques
entre tierra control y fuego control, también el crujir del hielo ocasionalmente
aliviaba a Garkha: ninguna nación se atacaba entre sí, o al menos no en la
primera ronda.
De repente, una barra de metal,
desprendida desde el suelo, fue lanzada hacia Garkha. Él la vio venir y
rápidamente, con el agua de uno de los compartimentos de su traje, la congeló
en el aire y la lanzó tan lejos como le fue posible. Perdió esa cantidad de
agua, pero se deshizo del peligro objeto. Un maestro fuego se puso frente a él,
sin duda el responsable del primer ataque; éste miró a Garkha con atención,
apretó sus puños y, dando un golpe en el aire, de su puño hizo salir toda una
llamarada dirigida completamente hacia el maestro agua. Garkha rodó por el
suelo esquivando el ataque, se puso de pie y lanzó agua de su traje hacia su
contrincante. Lo golpeó. El maestro fuego se levantó del suelo dando un saltó,
e, inmediatamente, corrió hacia Garkha asestando golpes de fuego contra él. Garkha
evitó los golpes con agiles movimientos, dio un salto sobre una de las murallas
de roca e hizo salir agua de uno de los surcos subterráneos de la arena,
dispuestos para los maestros agua. Con una gran cantidad de agua creó un grueso
disco de hielo, el cual usaría contra su oponente en cuanto éste fuese en su búsqueda.
El maestro fuego cayó envuelto en llamas hasta el lugar donde estaba Garkha,
pero no lo vio. El maestro agua quebró el disco de hielo en dos mitades y,
lanzando una contra el cuerpo de su oponente, lo tiró al suelo; seguidamente,
le lanzó algo de agua buscando distraerle y, en cuanto el maestro fuego se
levantó del suelo, Garkha le lanzó la otra mitad del disco con tanta fuerza
como su agua control se lo permitió. El maestro fuego cayó al suelo por segunda
vez; los golpes de Garkha eran proyectiles sin clemencia sobre su pecho.
Un maestro tierra cayó inconsciente al
lado de Garkha. Las batallas libradas en toda la arena eran atroces; los
maestros fuego utilizaban un ritmo de batalla agobiante para sus contrincantes,
los maestros tierra tomaban ventaja de la fuerza de sus golpes y los maestros agua, mayormente, atacaban con
hielo: congelando a sus oponentes o acertando golpes fulminantes a sus
oponentes.
El contrincante de Garkha dando un ágil
salto se puso de pie. Estaba dispuesto
a pelear hasta desfallecer. Garkha hizo surgir de la arena una enorme cantidad
de agua, con la que rodeo sus brazos y esperó que le atacaran. El maestro
fuego, con la fuerza de sus dos brazos, lanzó una enorme ola de fuego que cubrió
completamente a Garkha, y, sin que el fuego se disipara, lanzó bolas de fuego
hacia donde se suponía que se encontraba Garkha. Pero, para desfortuna de su
oponente, el maestro agua se había protegido con una capa de hielo que mantenía intacta a pesar de todo el calor
soportado; con un movimiento de muñecas, Garkha, quebró enteramente el hielo y
lo lanzó todo contra su oponente. Se libró del ataque mientras el maestro fuego
se protegía del inesperado ataque. Ambos guerreros se miraron fijamente. Garkha
hizo girar chorros de agua alrededor de su cuerpo y se preparó para atacar de
nuevo. Pero, inesperadamente, su agua control le abandono. El agua cayó al
suelo y desapareció en la arena. El rostro del maestro agua se llenó de horror,
levantó sus muñecas queriendo hacer regresar el agua pero fue inútil; el agua
de su traje tampoco reaccionó. Le sucedía de nuevo. El maestro fuego, sin
entender la estrategia de Garkha, le atacó con un golpe de fuego; Garkha quiso
esquivarlo pero estaba demasiado cerca de su atacante y sin la ayuda del agua
control era una presa fácil; fue arrojado contra una de las murallas de roca. El
maestro fuego atacó de nuevo, Garkha evitó un par de ataques saltando de un
lado a otro, pero fue impactado de nuevo por otro ataque aun más poderoso. El
maestro agua quedo tirado en el suelo, giró sus piernas en el aire y se
levantó; intentó de nuevo usar el agua de su traje, sin embargo no había forma
en la que el agua le obedeciese; decidió evitar a su adversario entre los obstáculos
del campo de batalla, pero cuando brincó por encima de un bloque de madera,
escuchando rasgar el aire, un hilo de energía blanca le alcanzo haciendo
explotar todo el bloque de madera y lanzándolo a él contra el limite de la
arena. El maestro fuego conocía la combustión control, y esta, para desgracias
de Garkha, estaba permitida en el torneo pues pocos maestros sabían utilizarla.
Khai, desde su asiento y como
espectadora, vio con horror como el amor de su vida era despedido por los aires
y como, luego de caer en el suelo, era alcanzado por otro ataque explosivo que
terminó dejándolo inconsciente. Sintió morir. Rápidamente corrió por entre los
asientos queriendo ir a donde quiera que hubiesen llevado a Garkha. Luego de
algunos minutos y con la ayuda del Maestro Agua Hatma, aquel que había sido tutor de Garkha y
de ella misma, pudo llegar hasta la enfermería donde estaba siendo atendido el recién
derrotado.
–Oh Dios santo, dime que estas bien, Garkha.
Él no contestó. Le tenían en una camilla,
desnudo de la cintura hacia arriba. Los brazos y el cuero los tenía cubiertos
de polvo, mientras que su cara acaba de ser limpiada completamente. El
enfermero que lo atendía quiso limpiarle los brazos y parte del pecho acercándole
algodón impregnado de alcohol, pero él, a la llegada de Khai, lo rechazó
rotundamente. Una mirada bastó para que el enfermero dejara de insistir; tenia
algunas quemaduras, el cuerpo lleno de golpes, pero nada a simple vista de que
preocuparse. El Maestro Hatma hizo que le pidió al enfermero que se retirara
junto con él; ambos jóvenes necesitaban estar solos.
–Garkha, mi amor, ¿estás bien? –Preguntó ella
intentando contener el llanto.
El la miró un momento y giró el rostro
contra la pared.
–No sé que paso, Garkha, pero no
importa.
No recibió respuesta. Sin quererlo,
Khai miró a un lado de la camilla y se encontró con la mitad del uniforme del
joven; estaba hecho pedazos.
–Oh, Garkha por lo que más quieras
dime si estás bien.
Él la miro de nuevo. Traía su cabello
blanco desordenado, su piel blanquísima le pareció perfecta y en sus ojos, esos
zafiros en los que se perdía, vio reflejada su vergüenza; le ocultó el rostro
de nuevo.
–Garkha…
–No sé lo que me pasa Khai, no lo
controlo –Empezó a decir él con la voz quebrada–, simplemente se va. Nunca
lograre nada con esto y lo que me mata es que he dedicado mi vida a ser un Maestro Agua, pero nunca lo lograre
completamente. Nos he jodido a los dos.
–Amor yo no…
–Khai, por favor–La interrumpió él–,
no nos engañemos; si sigo con esto acabare jodiéndolo todo, a mí, a ti, a lo
nuestro. Lo mejor es abandonar este
imposible. Volveré a la traducción, al menos en eso no fallo.
Ella tomó una de las manos del joven
entre las suyas.
–No digas eso, buscaremos una
solución.
–No la hay, Khai, no la hay. Sabes que
lo hemos intentando, y mucho–Volvió a verla, su rostro estaba lavado en
lagrimas– Lo siento, Khai, lo siento tanto. Te prometo que trabajare duro hasta
que podamos hasta que sea digno de ti y podamos casarnos.
Él acercó la mano de ella a sus labios
y la besó cerrando fuertemente los ojos.
–No quiero que renuncies a nada,
Garkha, a mí no me importa nada.
Khai abrazó a Garkha y ambos se
quedaron así, llenos de lágrimas, sobre la camilla hasta que sintieron que sus
almas estaban más juntas que nunca; las penas como el amor los unía, no había realidad
posible en la que ambos no estuviesen juntos.