miércoles, 6 de febrero de 2013

[Capitulo 3] El inicio de las batallas.

Capitulo 3
El inicio de las batallas. 

Por: Dr Contex


Garkha esperaba ansioso en los camerinos. Soltaba y amarraba sin parar las bandas de sus muñecas, aquellas que se ponía para poder tensionar sus músculos y asentar mejores movimientos. A su alrededor, multitud de maestros esperaban y preparaban los últimos detalles antes de salir a la arena de combate. Maestros fuego, maestros tierra y maestros agua, todos juntos listos para batallar sin cuartel y de la manera más deportiva.  

–¡Preparados, en diez minutos todos a la arena! –Gritó uno de los organizadores del evento que acababa de entrar al camerino donde se encontraba Garkha.

Por última vez, Garkha aflojó sus vendas y las empezó a amarrar a sus muñecas fuertemente.  En cuanto acabo aquello, empezó a pasarse las manos por la rastas que recogían su largo cabello; las traía tomadas con una liga formando una extraña cola de caballo. Hubiese querido soltarlas para organizarlas de nuevo, pero no se lo podía permitir. Los nervios lo agobiaban.

En ese momento, las puertas del camerino se abrieron fuertemente dejando entrar a un joven de cabello azul y atlético cuerpo. Tras él, entraba un anciano de larga barba y vestido con un largo abrigo azul.

–Olvídelo, peleare como se me antoje –Dijo despectivamente el joven al sin voltear a ver al anciano–. Vengo por mi cuenta, además usted no es mi maestro; no tiene por qué darme ordenes.

–Moro, el hecho de que seas el único participante de la Ciudad de los Mares del Norte y que el Maestro Oruro no haya podido asistir no significa que puedas hacer lo que te plazca –Intentó aclarar el anciano al joven.

–No me pondré ese ridículo uniforme.

–Moro, sin el uniforme de las Tribu Agua no se te permitirá entrar a la arena. Y, si lo haces por la fuerza, se te descalificara.

            El anciano hombre señaló una de las taquillas de vestuario de las paredes del camerino.

            –Esa taquilla es tuya, ahí está tu uniforme.  Se sensato.

El anciano hombre se marchó del camerino sin dar oportunidad a Moro de poder agregar nada más.

            –¡Viejo imbécil! –Dijo para sí Moro.

            –Respeta al Maestro Hatma, no eres nadie para tratarlo así–Dijo Garkha desde la banca en que se encontraba sentado.

Moro ojeó despectivamente al joven que le había hablado.

            – ¿Y quien demonios eres tú?

            –Sabes, nos habían hablado del chico prodigio de la Ciudad de los Mares del Norte. De hecho, lo habían hecho muy bien–Dijo Garkha amablemente–;  pero ahora demuestras que a pesar de tus habilidades no tienes el nivel para esta competencia. Este torneo es sólo para expertos maestros, y ser un maestro incluye mucho más que habilidades. Actúas como todo un chiquillo.

            – ¿Y a ti quien te pregunto? –Reclamó inmediatamente Moro–, digas lo que digas no pienso usar ese uniforme.

            –Es un traje de batalla. Trae espacios especializados para poder almacenar agua, además de que su material te protegerá de golpes brutales que puedan darte rocas o quemaduras graves a causa del fuego de otros Maestros. –Quiso aclarar Garkha al joven– Te dará más ayudas que problemas.

            Moro guardó silencio un instante. Luego bufó.

            – ¿Necesitan todo eso? Si les produce miedo una batalla no veo cómo se hacen llamar maestros.

            A Garkha le caracterizaba una paciencia eterna. A pesar del tono inquisidor de Moro, él no se inmuto.

            –Esta no es una guerra; no tiene por qué haber heridos. Todo…

            –Déjalo, Garkha, no pierdas tu tiempo con el pequeño–Dijo fanfarroneando un regordete Maestro Fuego desde el otro lado del cuarto– Si no va a la arena será un estorbo menos.
Risas contenidas corrieron en el camerino.


            –¡Cinco minutos para salir a la arena, todos listos! –Gritó uno de los organizadores que entró y se puso al lado de la salida.


Todos divisaron la puerta del camerino; en pocos minutos iniciarían los combates. Moro quedo desplazado como centro de atención, nadie, salvo Garkha, seguía pendiente de él.


            –A todas estas, me llamo Garkha y soy de la Tribu Agua del Polo Norte –Dijo Garkha poniéndose frente a Moro y extendiéndole su mano.


            –Y yo me llamo Moro –Respondió secamente el joven.

            –Un gusto Moro –Agregó Garkha con amabilidad– Mira las cosas están así: o vas, te pones el uniforme y llenas sus compartimentos con agua, o te descalifican por no asistir a tu primera pelea.


            –¡Tres minutos! Pasen a la antesala.


Los maestros, distinguidos por sus uniformes de distintos colores dependiendo de su tipo de control, comenzaron a salir del cuarto. La marcha era lenta, aunque la mayoría se consumía en ansias de lucha. Garkha sonrió a Moro y se marchó del lugar dejando al joven de cabello azul solo.


En cuanto Garkha llegó a la antesala en donde debían esperar los minutos faltantes para entrar a la arena, suspiró hondamente, estiró los brazos y susurró para sí: <<Khai, todo esto es por ti>>


Una última explosión pirotécnica se oyó.



–¡TODOS AFUERA!


La multitud recibió a los maestros con aplausos frenéticos. Las luces de los reflectores les iluminaban y les impedían ver a sus espectadores. La arena de batalla, con su mecanismo moderno, se convirtió en un laberinto de enormes salas; inmensas murallas de roca salieron por doquier, surcos de agua corrieron por gran parte del suelo, varillas de metal estorbaban el paso y gigantescos bloques de madera fueron ubicados como un elemento neutro para la batalla. Garkha no pudo ver a su amada,  mas ella no lo perdía de vista mientras sujetaba su angustiado corazón en la mano.


– ¡La primera ronda de todos contra todos inicia! –Anunció una voz off por los parlantes del coliseo–  ¡En honor al espíritu del avatar y en honor a las cuatro naciones que el torneo inicie!


Una delicada melodía sonó como preludio. Garkha masajeó entre sí sus dedos, mientras miraba despreocupadamente a quienes le rodeaban; necesitaba escoger a alguien en especial para atacarle en cuanto se diera luz verde. Sintió que alguien se acercó demasiado a él. Se giró a ver y encontró, tras de él, a Moro llevando puesto el uniforme de las Tribus Agua; las hombreras y lo holgado que era el traje en algunas partes le daban una apariencia más robusta al joven, aunque, por las prisas, lo llevaba un tanto mal acomodado.  


–¡Vaya, te ves bien!

–Cállate –Dijo Moro secamente– ¿Tienes compañero de lucha? No necesito uno, pero trae ventajas.

Garkha miró un segundo a  Moro.

–No me digas, ¿no conoces las reglas?

Moro bufó, le daba igual; su maestro, el Maestro Oruro se las intentó hacer conocer, pero él lo ignoró; aunque el anciano hombre fuera inmensamente sabio, en su cuerpo, luego de una vida de experiencias, no quedaban energías para dedicarlas a controlar a un aprendiz como Moro; tan sólo se esmeraba en enseñarle lo que el joven quisiera aprender.


– ¡Qué hare! –Exclamó Garkha–, a ver, lo más importante: sólo puedes combatir contra un guerrero; la primera persona que ataques o te ataque será tu contrincante hasta que termine la batalla. No puedes ayudar a nadie, ni atacar a quien que ya tenga contrincante. Está prohibido causar daños permanentes en los ojos, y no cortes a nadie con hielo.


–¡Y dónde dejan el “todos contra todos”! Eufemismos…


El preludio terminó; la melodía que sonaba se acalló de repente y la tensión ocupó cada centímetro de la arena de batalla. Un disparo retumbó en todo el estadio.


Garkha corrió hacia uno de los bloques de madera para salva guardar su espalda y poder escoger un contrincante, o esperar que este le atacase; cada segundo sin tener un oponente fijo le obligaba a tener que estar atento de todos quienes le rodearan. Se empezaron a oír choques entre tierra control y fuego control, también el crujir del hielo ocasionalmente aliviaba a Garkha: ninguna nación se atacaba entre sí, o al menos no en la primera ronda.

De repente, una barra de metal, desprendida desde el suelo, fue lanzada hacia Garkha. Él la vio venir y rápidamente, con el agua de uno de los compartimentos de su traje, la congeló en el aire y la lanzó tan lejos como le fue posible. Perdió esa cantidad de agua, pero se deshizo del peligro objeto. Un maestro fuego se puso frente a él, sin duda el responsable del primer ataque; éste miró a Garkha con atención, apretó sus puños y, dando un golpe en el aire, de su puño hizo salir toda una llamarada dirigida completamente hacia el maestro agua. Garkha rodó por el suelo esquivando el ataque, se puso de pie y lanzó agua de su traje hacia su contrincante. Lo golpeó. El maestro fuego se levantó del suelo dando un saltó, e, inmediatamente, corrió hacia Garkha asestando golpes de fuego contra él. Garkha evitó los golpes con agiles movimientos, dio un salto sobre una de las murallas de roca e hizo salir agua de uno de los surcos subterráneos de la arena, dispuestos para los maestros agua. Con una gran cantidad de agua creó un grueso disco de hielo, el cual usaría contra su oponente en cuanto éste fuese en su búsqueda. El maestro fuego cayó envuelto en llamas hasta el lugar donde estaba Garkha, pero no lo vio. El maestro agua quebró el disco de hielo en dos mitades y, lanzando una contra el cuerpo de su oponente, lo tiró al suelo; seguidamente, le lanzó algo de agua buscando distraerle y, en cuanto el maestro fuego se levantó del suelo, Garkha le lanzó la otra mitad del disco con tanta fuerza como su agua control se lo permitió. El maestro fuego cayó al suelo por segunda vez; los golpes de Garkha eran proyectiles sin clemencia sobre su pecho.

Un maestro tierra cayó inconsciente al lado de Garkha. Las batallas libradas en toda la arena eran atroces; los maestros fuego utilizaban un ritmo de batalla agobiante para sus contrincantes, los maestros tierra tomaban ventaja de la fuerza de sus golpes  y los maestros agua, mayormente, atacaban con hielo: congelando a sus oponentes o acertando golpes fulminantes a sus oponentes.

El contrincante de Garkha dando un ágil salto se puso de pie.   Estaba dispuesto a pelear hasta desfallecer. Garkha hizo surgir de la arena una enorme cantidad de agua, con la que rodeo sus brazos y esperó que le atacaran. El maestro fuego, con la fuerza de sus dos brazos, lanzó una enorme ola de fuego que cubrió completamente a Garkha, y, sin que el fuego se disipara, lanzó bolas de fuego hacia donde se suponía que se encontraba Garkha. Pero, para desfortuna de su oponente, el maestro agua se había protegido con una capa de hielo  que mantenía intacta a pesar de todo el calor soportado; con un movimiento de muñecas, Garkha, quebró enteramente el hielo y lo lanzó todo contra su oponente. Se libró del ataque mientras el maestro fuego se protegía del inesperado ataque. Ambos guerreros se miraron fijamente. Garkha hizo girar chorros de agua alrededor de su cuerpo y se preparó para atacar de nuevo. Pero, inesperadamente, su agua control le abandono. El agua cayó al suelo y desapareció en la arena. El rostro del maestro agua se llenó de horror, levantó sus muñecas queriendo hacer regresar el agua pero fue inútil; el agua de su traje tampoco reaccionó. Le sucedía de nuevo. El maestro fuego, sin entender la estrategia de Garkha, le atacó con un golpe de fuego; Garkha quiso esquivarlo pero estaba demasiado cerca de su atacante y sin la ayuda del agua control era una presa fácil; fue arrojado contra una de las murallas de roca. El maestro fuego atacó de nuevo, Garkha evitó un par de ataques saltando de un lado a otro, pero fue impactado de nuevo por otro ataque aun más poderoso. El maestro agua quedo tirado en el suelo, giró sus piernas en el aire y se levantó; intentó de nuevo usar el agua de su traje, sin embargo no había forma en la que el agua le obedeciese; decidió evitar a su adversario entre los obstáculos del campo de batalla, pero cuando brincó por encima de un bloque de madera, escuchando rasgar el aire, un hilo de energía blanca le alcanzo haciendo explotar todo el bloque de madera y lanzándolo a él contra el limite de la arena. El maestro fuego conocía la combustión control, y esta, para desgracias de Garkha, estaba permitida en el torneo pues pocos maestros sabían utilizarla.

Khai, desde su asiento y como espectadora, vio con horror como el amor de su vida era despedido por los aires y como, luego de caer en el suelo, era alcanzado por otro ataque explosivo que terminó dejándolo inconsciente. Sintió morir. Rápidamente corrió por entre los asientos queriendo ir a donde quiera que hubiesen llevado a Garkha. Luego de algunos minutos y con la ayuda del Maestro Agua Hatma, aquel que había sido tutor de Garkha y de ella misma, pudo llegar hasta la enfermería donde estaba siendo atendido el recién derrotado.

–Oh Dios santo, dime que estas bien, Garkha.

Él no contestó. Le tenían en una camilla, desnudo de la cintura hacia arriba. Los brazos y el cuero los tenía cubiertos de polvo, mientras que su cara acaba de ser limpiada completamente. El enfermero que lo atendía quiso limpiarle los brazos y parte del pecho acercándole algodón impregnado de alcohol, pero él, a la llegada de Khai, lo rechazó rotundamente. Una mirada bastó para que el enfermero dejara de insistir; tenia algunas quemaduras, el cuerpo lleno de golpes, pero nada a simple vista de que preocuparse. El Maestro Hatma hizo que le pidió al enfermero que se retirara junto con él; ambos jóvenes necesitaban estar solos.
–Garkha, mi amor, ¿estás bien? –Preguntó ella intentando contener el llanto.

El la miró un momento y giró el rostro contra la pared.

–No sé que paso, Garkha, pero no importa.

No recibió respuesta. Sin quererlo, Khai miró a un lado de la camilla y se encontró con la mitad del uniforme del joven; estaba hecho pedazos.

–Oh, Garkha por lo que más quieras dime si estás bien.

Él la miro de nuevo. Traía su cabello blanco desordenado, su piel blanquísima le pareció perfecta y en sus ojos, esos zafiros en los que se perdía, vio reflejada su vergüenza; le ocultó el rostro de nuevo.

–Garkha…

–No sé lo que me pasa Khai, no lo controlo –Empezó a decir él con la voz quebrada–, simplemente se va. Nunca lograre nada con esto y lo que me mata es que he dedicado mi vida  a ser un Maestro Agua, pero nunca lo lograre completamente. Nos he jodido a los dos.

–Amor yo no…

–Khai, por favor–La interrumpió él–, no nos engañemos; si sigo con esto acabare jodiéndolo todo, a mí, a ti, a lo nuestro.  Lo mejor es abandonar este imposible. Volveré a la traducción, al menos en eso no fallo.

Ella tomó una de las manos del joven entre las suyas.

–No digas eso, buscaremos una solución.

–No la hay, Khai, no la hay. Sabes que lo hemos intentando, y mucho–Volvió a verla, su rostro estaba lavado en lagrimas– Lo siento, Khai, lo siento tanto. Te prometo que trabajare duro hasta que podamos hasta que sea digno de ti y podamos casarnos.

Él acercó la mano de ella a sus labios y la besó cerrando fuertemente los ojos.  

–No quiero que renuncies a nada, Garkha, a mí no me importa nada.

Khai abrazó a Garkha y ambos se quedaron así, llenos de lágrimas, sobre la camilla hasta que sintieron que sus almas estaban más juntas que nunca; las penas como el amor los unía, no había realidad posible en la que ambos no estuviesen juntos. 



[Capitulo 2] División Social.

Capitulo 2
División Social. 

Por: Cepí Dinatale. 

El peliazul acababa de llegar en el último de los barcos a vapor que hacían el recorrido desde la Ciudad de los Mares del Norte hacia el reino fuego, él había decidido con orgullo tomar aquel último, a pesar de que como la gran parte de los combatientes, debía haber llegado hace al menos unos siete días, pero no había nada que le degustara más que estar parado en el Reino Fuego, aquella era una herencia de sus padres, puesto que según le contaron desde pequeños su tatarabuelo había quedado huérfano producto de la guerra que tenía a todos los reinos siendo victimas del Reino fuego.
 
Al llegar a puerto el peliazul se sintió en una encrucijada, puesto de que era la última oportunidad de tener cerca de él al mar, decidió morderse el labio, necesitaba demostrar que podía ser contado entre los mejores guerreros. Además esperaba con ansias que los campeones del torneo se encontraran entre los maestros aguas… a pesar de que se esperara encontrar al avatar y se sabía que él estaba destinado a ser del reino tierra. 


Colocó su pie sobre la madera del muelle y sintió su silencioso crujir al ser sumado su peso.

 
Ya estas en esto, no puedes retroceder. Se dijo en su interior para darse fuerzas, a pesar de ser frívolo el reino fuego hacía que en él convergieran tres sentimientos y emociones, miedo, admiración y deseo de venganza. Todos los cuales intentaban colocarse con mayor fuerza sobre los demás, solía ganar en aquella guerra interna el deseo de venganza, pero ahora que estaba aquí mismo, en el reino de su enemigo, el miedo ganaba terreno. 


- ¿vas a bajar?- le preguntó el pasajero que iba detrás de él cansado de esperar y deseando llegar rápido al torneo para no perderse lo que se contaba era: “El mejor de los espectáculos de los que se haya tenido conocimiento en el pasado”. 


- Claro- contestó el joven de manera agresiva, aquel sería el momento más importante de su vida, la primera vez fuera de la Ciudad de los Mares del Norte… dio el paso y camino, una vez totalmente en el reino fuego su orgullo volvió a recobrar terreno.


Algún día te haré caer, pensó mirando la enorme torre que señalaba el poder del Reino Fuego, y cuando lo haga desearas no haber asesinado a mis ancestros… Comenzó a caminar por la calzada principal, la misma que en aquellos momentos se encontraba plagada de forasteros que se dirigían al ya famoso coliseo. 


De pronto una joven le chocó, él se giró con fuerza mientras oía los lamentos de la muchacha, era una joven de bonito cuerpo, bonitos ojos, bonitos cabellos rizados, pero su belleza a los ojos del joven llegaba hasta ese punto… en su jockey llevaba la insignia del reino fuego, ella era uno de sus tantos enemigos.


- Lo lamento- decía ella –Mi nombre es Arath, te juro que no era mi intención.


- No te lamentes tanto… Aquello me irrita- dijo el muchacho dándole la espalda y continuando con su camino. Se notaba que no tenía conocimientos de como tratar a una mujer, si los hubiera tenido hubiera sabido que aquella actitud a muchas mujeres las provoca


- Al menos dime como te llamas- suplicó la muchacha sin dejar perder el rastro.


- Moro- dijo el muchacho, tras aquello la muchacha de nombre Arath lo perdió en el mar de personas. Mientras pensaba si algún día volvería a verle.

Más tarde el joven Moro se encontraba mucho más cerca del gran Coliseo en que se desarrollaría el torneo de los maestros. Se alegró profundamente de poder ser participe de todo aquello, por ello se acercó con la frente en alto a la construcción, dentro del enorme mar de peregrinos que se dirigían hacía el mismo lugar. Luego de encontrarse aun más cerca pudo ver como había un sector de la ciudad cerrado para que se desplazara la gente a mares y empujones hasta la maravilla arquitectónica y como había otro sector de la ciudad cercado para peatones por el cual se podían movilizar los vehículos con rapidez… 


Aunque claro, viendo que más del 80% de los asistentes venían del exterior, poco sentido tenía que muchos de ellos tuvieran el dinero suficiente como para costear los caros pasajes, las entradas y además traer con ellos sus vehículos. Pensar que los asistentes del extranjero tendrían aquellos privilegios con ellos, era pensar de una manera ridícula, y por lo mismo el anfitrión con su ya reconocida estrategia comercial había dado forma a todo ese mar de personas, a toda esa división de clases que se notaba con aquella separación entre vehículos y el resto de la sociedad. 

Fue en aquel momento que el joven vio pasar un vehículo con rapidez al otro lado de la valla, y mirando hacía el coliseo y la distancia que aun le quedaba por recorrer, y que parecía ir en aumento debido al poco avance que se podía obtener en aquella condiciones, decidió tomar el camino rápido.


Se dirigió hacía la valla con dificultad y a empujones, para luego saltarla sin ser visto, recorrió el resto del camino corriendo, ocultó entre las sombras y siguiendo la ruta de los privilegiados, hasta que de pronto sintió una mano agarrarle el hombro, se giró asustado esperando lo peor y se encontró con la muchacha de hace un rato, que le sonreía con una hermosura increíble. 


- ¿Qué haces aquí?- le preguntó la muchacha.


- Lo mismo te preguntaría yo- dijo él, la joven rió con ternura.


- Yo vivo aquí, tomé el camino a casa- dijo la muchacha. 


- Ok…- dijo Moro comenzando a hacer chasquidos intentando recordar el nombre de la joven.


- Arath, así me llamo y no lo olvides Moro- dijo ella con molestia, siempre le dolía que no recordaran como se llamaba.


- Ok Arath, debo irme, un gusto haber hablado contigo pero tengo que llegar hasta el coliseo- 
- Vamos ¿No me vas a dejar aquí plantada sin saber nada de ti?- al joven le fue imposible no poner su cara de molestia, se había comenzado a irritar. 


- Soy uno de los competidores y no me quiero tardar- dijo él de manera cortante.


- Bueno vete- dijo Arath con pesadez – Ven a visitarme un día, siempre hay comida para uno más en mi casa. 


Antes de que terminara Moro ya se encontraba a varios metros de distancia continuando con su carrera, deseaba llegar tarde para el show, pero no tarde para el comienzo de las batallas. Al acabar el recorrido se encontró ante el enorme mar de gente que se expandía al rededor de las múltiples entradas de la construcción, todos se empujaban de manera desenfrenada, aunque algo le había hecho sonreír, al menos los privilegiados debían pasar por aquel mar para poder ingresar. 


Desde su posición se podían oír los gritos de los espectadores del espectáculo, al cual por lo cual comprendió que estaba a tiempo para las batallas. Ya de este modo se había ahorrado la parte aburrida de la competencia, él deseaba ir a combatir, derrotar a maestros fuegos y lograr ostentarse entre los dos mejores combatientes, el hecho de ver o no el espectáculo, no cambiaría nada. 


Al encontrarse cerca de la colosal estructura, notó que los guardias del reino fuego habían colocado una valla perimetral, tratándose de una larga reja que impediría que los que desearan entrar sin entrada, pudieran lograr su cometido. Al parecer los habitantes del reino fuego tenían vallas perimetrales de sobra, aunque al pensar en lo fácil que debía ser para ellos trabajar el metal con sus habilidades piromanas.


Al llegar al sector determinado como entrada para los competidores, un guardia del reino fuego que registraba a los participantes se le acercó y pidió su identificación. Moro revisó sus ropas, mientras buscaba aquel cartón que lo denotaría como participe del torneo... Pero al no encontrarlo


-Por favor, no nos hagas perder el tiempo muchacho- dijo el guardia con enfado por la demora del peliazul 
Un enfado que no tardó en llegar al maestro de la tribu del agua. 


- Cuida tu lengua- advirtió, no por que estuviera en sus modales hacerlo, si no por que realmente encontraba una perdida de tiempo luchar contra el hombre, pero el soldado no hizo otra cosa que empujarle con fuerza, haciendo que el joven cayera al piso, donde su cabeza chocó con las rodillas de algún hombre o mujer que se encontrará en la zona. 
En ese momento el enfado del joven se desató, destapando su botella de corcho y permitiendo que un chorro de agua saliera y tomará la forma de una sarten y golpeará en la cabeza al hombre 
El hombre perteneciente al reino del fuego solo sintió el fuerte golpe en la cabeza antes de que cayera inconsciente al piso, inmediatamente comenzaron los empujones y la gente entrando a tropezones, golpeándose sin discriminar entre niños, mujeres, y hombres, los guardias al intentar socorrer aquel sector descuidaron los suyos y durante algunos minutos (lo que se tardó en que llegaran refuerzos)mucha gente logró infiltrarse al Coliseo. 
Moro pasó desapercibido en aquella inmensa ola de gente, mientras pensaba en lo muchos que le gustaban las olas de su tribu, al volver surfearia.


Una vez dentro, se acercó a la baranda que separaba las galerías de la inmensa arena en cuyo centro estaba el coliseo, desde allí pudo ver a la persona y sus múltiples controles sobre los elementos, notó como la gente soltaba suspiros de asombro. Él en cambio se reía, era tan patético, movió las manos y desvió levemente el agua, sintiendo como varios maestros agua hacían todo lo posible por volverlo a la normalidad, mientras el joven guerrero de la tribu agua se reía por todo aquello que hacían para reponer el agua, y no arruinar el show.


Finalmente vino la llegada del anfitrión. 


Ridículo, pensó el muchacho, girándose para caminar hacía los camerinos. 



[Capitulo 1] El inicio del torneo de maestros

Capitulo 1
El inicio del torneo de maestros 

Por: Dr Contex


Aun con los parpados cerrados las visiones continuaban.

Los extraños sueños de Khai empezaban a tomar cada día más fuerza; traspasando sus noches y obligándola a permanecer más tiempo en el misterioso mundo de su subconsciente.

El automóvil en el que viajaba se movía apresuradamente entre las calles de la Nación del Fuego, acercándola rápidamente al recién inaugurado Coliseo de maestros. Khai, en el asiento trasero, terminaba de acomodar su ropa mientras que el conductor empezaba y finalizaba conversaciones que ella rechazaba; en ese momento lo único que quería era estar dentro del coliseo y no perderse un solo momento del espectáculo inicial ni mucho menos, las batallas de apertura del torneo.

Esa mañana pensó despertar temprano, tomar el primer tranvía y ser la primera en llegar al coliseo. Pero no pudo, por más que lo quiso ni por más que lucho por ello.  Al parecer, su estancia en la Nación del Fuego aumentaba la fuerza y frecuencia de las visiones que, entre aullidos de lobos, suspiros eternos  y agua control provocada por sombríos hombres, se apoderaban de sus noches, obligándola a continuar dormida, aun a costa del preciado tiempo necesario, el que tanto le faltaba ahora.   

Los primeros estruendos de pólvora llenaron el despejado cielo de la Nación del Fuego. Los salientes gritos de euforia del coliseo no se hicieron esperar: el torneo iniciaba y Khai apenas podía divisar las altísimas columnas del coliseo que apuntaban al cielo simbolizando a cada uno de los anteriores avatares que, en su momento, habían devuelto la tranquilidad al mundo; cada legendario nombre tallado en las imponentes columnas. Pero poco o nada le importaba esa significación a Khai, estaba muy retrasada y eso era lo único que importaba, el torneo, Garkha… Garkha. Khai miró por la ventanilla, calculó la lejanía del coliseo, la rapidez del auto, el tiempo que ahora le sobraba a su reloj y se angustio aún más.

­– ¡¿Señor no puede ir más rápido?!  –Entre grito, ruego y reclamo le pregunto la retrasada chica al conductor.

Khai no recibió respuesta alguna. Con el mal gesto que divisó a través del espejo retrovisor, sintió cada palabra de vuelta en su rostro. Iracundo, el conductor se silenció y Khai no se atrevió a preguntar absolutamente nada hasta que la modernísima arquitectura del coliseo ocupo la mitad de su cielo y el auto con sus puertas abiertas le permitió salir corriendo hasta las taquillas. Se apresuró aún más al bajar del auto. Cientos de personas se agolpaban a la entrada, exigiendo algo ahora imposible: entrar al espectáculo. El torneo de maestros, desde su creación con el fin de hallar entre los participantes a la esperada reencarnación de la avatar Korra, se convirtió en el espectáculo más popular de todas las naciones, la mayor muestra de los elementos control reunida en el más grande torneo conocido: El torneo maestros, que en ese año se realizaría en la Nación del Fuego. La venta de boletas no había sido más que un suspiro.

La multitud indecisa e indignada contrastaba con la gran euforia vivida por los afortunados asistentes a la inauguración del maravillosísimo torneo. Ciertamente a Khai, al igual que a los cientos de hombres y mujeres que le estorbaban la entrada al coliseo,  le hubiese resultado imposible acceder a una de las preciadas entradas de no ser por Garkha, que como participante le correspondían algunas entradas, una de las cuales reposaba tranquila en el interior de su bolso. Khai atravesó ágilmente la multitud, forzando y empujando en los momentos que fue necesario. Llego hasta las rejas que separaba a la multitud de las taquillas y aseguraba la eficaz entrada y salida de los afortunados con boletas. Se acercó a uno de los guardias, el cual hizo oídos sordos a lo que ella decía y se limitó a hacer una petición general de cordura. Khai no supo que hacer, ella no era más que una gota de agua en ese tsunami de personas, muchas de las cuales intentaban convencer a los guardias con argumentos semejantes al que ella pensaba plantear. Empezó a ser víctima de empujones y de su propia desesperación cuando, repentinamente, la multitud  energizo sus reclamos al rememorar el secreto a voces de que la mayor parte de las boletas del torneo le fue, anticipadamente, otorgada a personalidades influyentes de las cuatro naciones, dejando al descubierto, cada vez más, que la corrupción empezaba a tomarse el comité organizador del torneo de maestros.

Un grito más, entre los tantos que enloquecían los oídos, puso en mayor alerta a los guardias. Khai lanzo miradas en múltiples direcciones, queriendo comprender mejor el tan irreconocible ambiente que la rodeaba, absolutamente diferente a su lejana aldea en el polo norte. Un frió glacial le recorrió la espalda, semejante a cualquier mañana en su lejano hogar, pero igual de extraño al frió que precedía a sus visiones nocturnas. Nerviosa quiso constatar, si esa realidad tan cierta y la resentida multitud, no era más que un sueño. Tras algunos segundos supo, inequívocamente, que no estaba dormida.

– ¡HACIA ALLA! ¡ARRIVA! ¡ARRIVA!

Khai, tras identificar que quien había hecho tal grito era el mismo guardia que ahora estaba tirado en el suelo, vio claramente al par de sujetos causantes de todo el alboroto. Su respiración y sus latidos se pusieron muy lentos, al punto de escuchar cada uno lenta y claramente; la multitud se tornó igual a cualquier de los tantos icebergs en los que, de niña,  solía jugar con Garkha; todos estaban inmóviles, incluida ella. Los dos sujetos que habían alarmado a los guardias, igual de inmóviles a todos los demás, pasaban junto a las primeras columnas que conformaban la modernísima arquitectura del coliseo. Pero, esos no eran dos sujetos comunes ni hacían parte de la agolpada multitud; sus amplios sombreros de paja, delgados y de anchísima ala que les ocultaba el rostro, y, sus maltratadas y rasgadas túnicas semejantes a harapos, hicieron que Khai fácilmente los reconociera como pertenecientes a sus visiones. Ellos eran quienes, en sus sueños,  con agua control detenían a los lobos que nunca podían acabar de guiarla al lugar que deseaban.

<< ¡SIGANLOS!>> Otro grito le renovó las fuerzas al mundo para continuar en movimiento. La respiración y latidos de Khai abruptamente tomaron su ritmo natural y el frio glacial que se había apoderado de ella se esfumo junto con el par de sujetos que, efectivamente se dirigían al interior del coliseo. La mitad de los guardias abandonaron sus lugares correspondientes frente a la multitud y corrieron al interior del coliseo, intentando alcanzarles por los pasillos que utilizaba el público para entrar al coliseo; por la altura de las columnas les era imposible seguirlos entre las mismas.

A los pocos guardias restantes, se les hizo aún más difícil contener a la multitud,  y  Khai cada vez se retrasaba aún más, así que decidió traer a su mente palabras de su maestro de agua control: <<no retirarle los ojos de encima a tu adversario y aprovechar cualquier descuido para neutralizarle>> y tal cual, Khai decidió corresponder al sabio consejo. Miró al guardia más próximo y en cuanto este se retiró algunos metros para alejar a un hombre que se mostraba más violento de lo conveniente, Khai se apoyó fuertemente en la baranda que tenía en frente y trepándola apresuradamente logró sobrepasarla. En cuanto estuvo del otro lado de la opresora reja, corrió hacia la entrada más cercana, improvisando sigilo. Pero al estar llegando, ya creyendo conseguida su hazaña, un fuerte brazo la sujetó: uno de los guardias nunca la había perdido de vista.

– ¡Lo siento pero tiene que salir!

– ¡No, espere…!

– ¡Tiene que salir!

Khai apoyo sus pies fijamente en el suelo, ganando así algo más de fuerza,  y de un tirón se pudo desprender del guardia. Inmediatamente puso sus manos abiertas como barrera entre ella y el moreno hombre de uniforme.  

– ¡Espere, por favor! Tengo un boleto

–A ver…

El guardia miró a Khai con total desconfianza mientras que ella encontró y saco de su bolso el boleto naranja, que indicaba el sector que le correspondía y su número de asiento. El uniformado hombre no tuvo ninguna otra excusa para no dejarla pasar, así que,  indicándole los tres pasillos que tenía que tomar,  le permitió, algo mal humorado, que fuera a disfrutar de lo que quedaba del espectáculo inicial y de las primeras batallas del torneo.

Cuando ya estuvo en su asiento y se aseguró que aún no se había librado ninguna batalla, a excepción de un número dentro del espectáculo que consistía en una batalla con espadas, Khai pudo empezar a disfrutar lo que a tantos otros se les negó. Al instante quedo absorta por el espectáculo: un desenfreno total era formado por tierra, agua y fuego control; enormes llamaradas y chispas que al mínimo contacto causaban severas explosión, gigantescas rocas que chocaban de un lugar a otro haciendo estremecer todo el lugar y tornados de agua moviéndose por toda la arena del coliseo. Era fascinante como todo ese choque entre los elementos era supremamente bien contenido dentro de la arena del coliseo. Ni una sola gota de agua o partícula de roca se salía del escenario. No se percibía ninguna coreografía, tan solo se limitaban los elementos a representar magníficamente un desastre. De repente, los cuatro tornados de agua que recorrían la arena del coliseo se detuvieron,  y enseguida se desplomaron, hasta dejar inundada toda la arena, mientras las rocas chocantes, las chispas explosivas y las llamaradas continuaban con su ajetreo desenfrenado. El agua, de nuevo, recobro movimiento, acumulándose en el centro de la arena, al juntarse toda, lentamente comenzó a elevarse y a tomar una forma semi humana. Khai pudo distinguir los brazos y la cabeza, de lo que lentamente se fue transformando en la legendaria figura de la anterior avatar: la avatar Korra, quien representada por el tumulto de agua, elevo los brazos y entonces, con un leve movimiento de brazos, las rocas dejaron de volar de un lado a otro, las chispas desaparecieron y el fuego se extinguió. La avatar Korra había devuelto el orden de nuevo; y finalizando el acto, el agua se filtró toda entre la arena del coliseo, que nuevamente quedaba en absoluta paz y armonizada con los deslumbrados aplausos.


Un estrepitoso redoble de tambores les robo el asombro a los espectadores llenándolos de incertidumbre. Khai puso toda su atención a la arena del coliseo. Sin previo aviso todo se oscureció casi por completo, y Khai se intrigo aún más; iba contra su naturaleza no hacerlo. Por un largo rato olvido todo lo demás: las visiones, los sombríos sujetos y sus sombreros de ala ancha,  la multitud afuera y el obeso hombre que, a tres asientos de distancia, no paraba de mirarla de arriba abajo.  El redoble de tambores termino y la mitad de los espectadores respiro de nuevo, mientras que los tambores, que hasta el momento nadie había visto, fueron tocados golpe tras golpe, muy lentamente. El silencio fue total tras una docena mal contada de golpes sobre la superficie de los tambores y el aire se llenó de electricidad  con los primeros movimientos de seis artistas, que con el dominio magistral del fuego control, crearon y deslumbraron con una complicadísima coreografía poderosos rayos que iluminaron el interior del coliseo. Las cargas eléctricas iban de un artista a otro, para los maestros fuego que estaban presentes, el acto era extremadamente arriesgado y para todos los demás, extremadamente asombroso.

El espectáculo continuo con otro acto no menos deleitante que el anterior: toda la arena del coliseo cubierta por figuras de hielo que, cristalinas y perfectas, se avivaban de colores gracias a los reflectores que les iluminaban desde múltiples direcciones.

Ninguno de los espectadores perdían un solo detalle del espectáculo, los mismos participantes del tornero seguían cada acto desde los camerinos. Pero, nadie disfrutaba de la manera como lo hacían las tres personas, seguramente  más importantes entre los presentes, que seguían el colorido acto desde el mejor palco del coliseo; un ministro del Reino Tierra, el patriarca de la tribu agua del norte y en representación de las múltiples aldeas del polo sur, y el sereno Señor del fuego Sehzuk como anfitrión. Dos copas burbujeaban en los asientos del ministro del Reino Tierra y el anfitrión Señor del Fuego, mientras que el patriarca disfrutaba de un vaso de agua y veía como inicia el mejor acto de todo el espectáculo.

La luz emitida desde los reflectores se decoloro hasta ser completamente blanca y cumplir con un solo cometido: iluminar la silueta de un misterioso hombre que tomaba el centro de la impecable arena del coliseo, ya excepta de hielo y de nuevo en paz.

–Tendrán que disculparme señores. –Dijo Sehzuk levantándose de su adornado asiento, su tiempo como espectador se había terminado y ahora tenía que tomar su papel en el escenario. Salió por entre las cortinas que adornaban el privilegiado palco, pasando al lado del tradicional asiento vacío que representaba a los ausentes nómadas aire. Los acompañantes del Señor del Fuego ni se inmutaron con la salida de su anfitrión pues sabían de antemano que eso sucedería.

EL sutil cantar de  clarinetes armonizo el coliseo, perezosamente aburriendo a los presentes y casi obligándolos a dirigir su atención al hombre que se tomaba el centro del escenario, el cual no hacia mayor cosa. Khai recupero de nuevo el control de sí misma, la pobreza que hasta ahora reflejaba el acto se lo permitió. Miró a lado a lado y entonces, no supo cómo, el obeso hombre continuaba mirándola, lascivamente, recorriendo todo su cuerpo con la obscena mirada. Khai se llenó de asco, jamás le había ocurrido nada semejante. Recompuso la mirada hacia el escenario pero aun nada era digno de prestarle atención, aun así mantuvo la mirada hacia el frente. La segura sospecha de que, a la distancia de los mismos tres asientos, esa obscena mirada no dejaba de recorrerla, la intranquilizaba. Quiso voltear e insultarlo, decirlo lo asqueroso que es y pedirle que se lanzara de un puente, pero ella no era así, nunca antes había insultado a nadie y la verdad ignoraba como hacerlo. De nuevo miró al obeso hombre, no pudo evitar hacerlo. Descaradamente este aun no paraba de desnudarla con la mirada y entonces, ella lo odio, lo miro con detenimiento, giro la muñeca dejando la palma de su mano hacia arriba y como acariciando el aire, rápidamente, expandió su brazo estrellando en la cara del lascivo hombre el contenido burbujeante de un vaso, que para su desfortuna se encontraba cerca. Khai de nuevo miro al escenario, segura de que, si en unos momentos ella se daba cuenta de que el hombre, que ahora odiaba, la seguía mirando, ella no dudaría en echarle de nuevo encima otro vaso de refresco o el mismo que goteaba en el suelo.


Felizmente,  se olvidó del asqueroso hombre, de su mirada, del refresco que le había lanzado encima y de todo lo demás cuando, en el perímetro de la arena, inicio el estallido de fuegos artificiales; rojo, azul, amarillo, verde, rojo, azul, amarillo, verde, y de nuevo y de nuevo. Varias rondas de estallidos coloridos, uno tras otro. Y el sujeto, igual de inmóvil e iluminado. Lentamente los estallidos cesaron y los clarinetes tocaron de nuevo, Khai no supo deducir en que momento exacto estos se habían acallado.

 Sin previo aviso, el hombre que hasta ahora no ameritaba pertenecer al espectáculo, inicio movimientos que para Khai eran muy conocidos. Una gran parte de los crédulos asistentes dedujeron que el siguiente acto constaba de agua control, <<Mucha agua para ser la Nación del Fuego>> rieron algunos. 

El iluminado hizo algunos movimientos y entonces con uno más rápido que el anterior, de las canales llenas de agua que recorrían toda la arena, hizo salir tanta agua como fue posible. Pero, cuando todos esperaron tornados y figuras de hielo, el iluminado hombre hizo que el agua se juntara toda y como un tren de vapor, ferozmente el agua recorrio toda la arena, de un lado a otro sin perder una sola gota. De repente el agua se detuvo y el iluminado hombre expandió los brazos y el agua se difundió por la arena, dejándola con hielo por doquier. El iluminado se liberó del hielo que le había quedado a su alrededor, delimitando un perímetro suficiente para que, haciendo algunos movimientos fuertes, un golpe contra el aire que daría al suelo si su brazo fuera más largo, el mismo movimiento pero con el brazo contrario, el pie izquierdo raspando el suelo, un movimiento brusco y… <<  ¡Qué demonios!, ¡Cómo es posible!, simultáneamente los comentarios crédulos nacían de los espectadores al ver como del suelo surgían, una tras otra, columnas de roca, ¡El solo!, No es posible. ¿Acaso no lo viste?, estaba solo, ¡Solo! ¡SOLO!. Por todos los cielos, ¿El avatar…? >> El iluminado y ahora, supuesto avatar, con más movimientos, igual de firmes que antes, desplazo sin mayor esfuerzo las columnas de roca hasta que el público no pudo más de  << ¡Imposible!>> y él había formado un cerco deforme.  Los clarinetes continuaron de fondo, las luces igual de cómplices, y, desde el privilegiado palco, atentos, el ministro y el Patriarca que no perdían movimiento del  hombre misterioso, iluminado y, ahora, supuesto avatar que, ahora,  continuaba con movimientos legendariamente casi olvidados.

–y… ¿Usted lo cree posible? –Indago el Patriarca, lleno de canas y casi anciano, sin desviar la mirada del escenario.

–Se refiere a….

–Precisamente.

– Francamente, no.

–Ojala que los del torneo sean iguales de preparados a estos artistas.

– ¿Francamente?, demasiado artista.

La mente del ministro estaba copada de asuntos de mayor importancia que pensar en un artista, los tiempos que transcurrían en el reino de verde bandera no permitían frivolidades como su presencia en la inauguración del torneo.  Estaba seguro que era de mayor utilidad en el Reino Tierra y aunque hizo lo posible para evitar asistir, su condición le obligaba a obedecer órdenes.

En cuanto el ministro parpadeo un poco y decidió que ya estando ahí lo menos que podía hacer era disfrutar del espectáculo, miró al escenario, el artista se envolvía de corrientes de aire y los << ¡Imposible!, ¿Qué no lo estás viendo?>> empezaron de nuevo. Un movimiento acá y tornado de aire, hasta llenar todo el Coliseo con brisa raramente salada. De nuevo, el iluminado, erigió otra columna de roca esta vez en el centro del cercado, se puso de espaldas a esta y extendiendo los brazos rápidamente, dos fulgurantes llamaradas hicieron de marco triunfal para que el Señor del Fuego Sehzuk hiciera su entrada al espectáculo. Los clarinetes se acallaron y los estallidos de pólvora de nuevo recorrieron el perímetro de la arena. Sehzuk no se molestó en ocultar su condición de supremo dirigente, se presentó con una frondosa y espectacular túnica, bordada en hilo dorado y adornada con ilustraciones milenarias. El artista se esfumo en instante de oscuridad que se lo permitió, dejando a todos asombrados y ante Sehzuk, que en lo más alto de la columna de roca, inicio su discurso mientras que sus manos se movían al uní solo con sus labios. 

– ¡Bienvenidos a Todos a esta versión del  Gran torneo de Maestros! –Estallidos de pólvora llenaron de nuevo los ojos de los espectadores, Sehzuk levanto los brazos y continúo–: Los mayores maestros de todas las naciones están presentes y esperando, durante largo tiempo estos fueron seleccionados tras duras competencias. Los mejores, solo los mejores antes sus ojos y los del mundo. ¡Bienvenidos Sean! La Nación del Fuego tiene sus puertas abiertas para ustedes y el mundo, las puertas abiertas para la esperada reencarnación del Avatar.

Los estruendosos aplausos confundieron los estallidos de pólvora que finalizaron el discurso de Sehzuk. Khai no se cansaba de aplaudir desde su asiento, tan sorprendida como los demás, llego a pensar que realmente había tenido ante sus ojos al Avatar. Esperaba ansiosa que iniciaran las batallas, pero estaba destinada a seguir esperando: el espectáculo aun no finalizaba.

Un golpe seco, seguido de tres más, reclamó la atención sobre el escenario. Sehzuk ya había desaparecido de escena, glorificado por el mismo y dando paso al acto final del desparpajante espectáculo. Las placas inmensas de hierro que, solitarias, se erguían sobre la arena, fueron asaltadas desde el mismo sitio de donde habían sido lanzadas,  por otros cuatro artistas, los cuales se organizaron cada uno tras cada placa del gris metal. El crujir de hierro y el golpe que el primer artista le propino, dio forma al símbolo de la Nación del Fuego. Inmediatamente después, el segundo artista dio un paso adelante, dio un golpe y formo el símbolo del Reino Tierra, acto que solo la mitad del coliseo notaba puesto que la otra mitad veía tan solo la abollada superficie del hierro, enseguida, otro paso adelante y el símbolo de las tribus agua. La muestra de metal control era deslumbrante. Khai de una manera sobre humana presto más atención a la arena del coliseo cuando vio el símbolo de los Nómadas aire sobre el hierro de la última placa.  De pronto, oscuridad total y cuando las luces abrieron, estallidos de pólvora y…. << ¡Garkha!>>. 



Prefacio.



Prefacio. 
Por: Solrahak


Agua, Tierra, Fuego, Aire.

En antaño, cuando eran tiempos de paz, el Avatar mantenía el equilibrio entre las Tribus Agua, el Reino Tierra, la Nación del Fuego y los Nómadas Aire; pero todo cambió cuando el equilibrio estuvo a punto de romperse.
Hace dos vidas anteriores del Avatar, la Nación del Fuego arrasó con los Nómadas Aire dejándolos prácticamente en extinción.

Por mucho tiempo, se creía que ya no volvería a nacer el Avatar entre nosotros debido a que el ciclo ya estaba roto -Aang era el ultimo maestro aire-. Pero todo eso cambió, cuando Korra apareció. Nuevamente la esperanza volvía a todos al ver al nuevo Avatar entre nosotros. Todo volvió a la paz gracias a los esfuerzos de ésta intrépida mujer. No obstante, su partida de este mundo aterró a los que aún lo habitaban.

Ya han pasado más de diez años desde que Korra murió, y las tres naciones están desesperadas con la búsqueda del nuevo avatar. El ciclo seguía en la Tierra, por lo que el Reino concentraría su búsqueda en su terreno, mientras que las demás lo harían en sus propios.

Todos perdían la esperanza de que el salvador o “mesías” no regresase a ellos. Por lo que su trabajo era de ser perfecto. Sin embargo, al cumplir dieciocho de años la búsqueda, ya perdían la esperanza. Con ello, aparecieron personas desertoras de sus tierras natales, uniéndose en un grupo llamado: “Piratas del Desierto”; en él yacían maestros Tierra, Fuego y Agua, todos desertores, capitaneados por un tirano que no daba la cara ante nadie que no sea su Almirante.

Últimamente, cada nación hacía torneos para que pudieran encontrar al Avatar entre los mejores peleadores. Era obvio que pensaran que el nuevo ser sería fuerte, erguido y poderosos, tal como se describen a los maestros tierra. Pero no ha tenido existo.

Si embargo, tenemos la seguridad de qué algún día, en algún momento, el Avatar aparecerá cuando más lo necesitemos.